Una lectura Geopolítica del Himno Oficial de la Comunidad de Madrid

Por José María Sanz García  Madrid. Mitos y utopía (p. 90 a 97)

El Estado de las Autonomías, previsto en el título VIII de la Constitución de 1978, es ya un hecho con cierto rodaje. No faltan pronósticos de que vamos hacia una relectura de la Carta Magna, hacia un federalismo de tipo alemán. El sistema admirado por algunos fue la tabla de salvación de una parte de la Alemania vencida y dividida, que lo aceptó, a la fuerza, como puente para una vuelta del mayor territorio posible de la anterior unidad germánica. Aunque puede servir de arranque a una Europa de los Estados, que otros ven de las regiones y hasta de las ciudades.

En nuestra ley básica se facultó a cada Comunidad para que creara su bandera, su escudo y su himno. Ha habido campañas para popularizar todos los signos creados. Todo el mundo conoce el origen de nuestra enseña, los elementos de nuestro blasón y la música de la Marcha Real, atribuida a un anónimo autor alemán, que sigue sin letra después de habérsele proporcionado varias, que no encontraron eco ni llegaron a ser oficiales. La Villa se conforma con su chotis y también se tararea lo de la Verbena de la Paloma. Hemos asistido a la proclamación de bandera propia hasta en minúsculos pueblos de nuestra Sierra.

«Yo sé y puedo cantar el Himno de Madrid pero me gusta hacerlo en pequeño comité». Esto declara J. Leguina, en un programa de TVE, el 11 de agosto de 1988, titulado «Derecho a discrepar». Discrepemos, pues. Por lo que nos dice el Diccionario, lo entonará cuando va de comisión o participade una Junta de personas delegadas. Nosotros creíamos que los himnos patrióticos aspiraban a exponer las aspiraciones y espíritu secular de un pueblo. Que si a veces mueve a la guerra es porque encuentra su dignidad pisoteada. Recordemos, por citar un ejemplo que puede multiplicarse el Himno republicano de Abdón Terradas que empieza con unos versos famosos: «Ya la campana sona, —Ya lo canó retrona…», que constituye el despertador de todos los motines y asonadas de Cataluña, en la primera mitad del siglo pasado.

Años después de establecido, como trágala o reclamo para las masas, nos parece que el nuestro no ha prendido, que nadie lo ha aprendido. Dejemos a otros más versados que discurran sobre su música. Nosotros vamos a buscar en su letra la percepción del vate que la escribió. Máxime porque entraba dentro de su oficio. ¿Qué es lo que vaticina? Sensibilidad no le falta, pero creo que es un falso profeta que no acierta el futuro, y que hasta se equivoca al exponer el presente. Pero antes de anotar nuestras impresiones sobre el Himno de Madrid digamos algo sobre otros himnos comunitarios, sobre qué sentimientos del pasado y aspiraciones del futuro descansan. Caro Baroja ya decía, en 1982, que el espacio natural de lo autonómico, para muchos de sus definidores, se reducía a un viejo y fantástico espacio moral, egocéntrico, sociocéntrico y etnocéntrico. ¿Encontraremos algo de ello en el himno madrileño?

La «rica i plena» Cataluña encuentra sus símbolos en los colores que comparte con cuantos se integraron en la Corona de Aragón, y en «Els segadors», de autor anónimo, que recuerda los desafueros del Conde-Duque de Olivares, aunque ha tenido diversas letras y estribillos. También los segadores entraron en Barcelona con furia y saña. El motín se hizo con hoces; el martillazo les viene a la España de los Austrias desde el Portugal rebelado. De seguir el ejemplo, los madrileños tendrían que haber puesto en música callejera el motín de las capas y de los sombreros de «Esquilache», o lo del «Pan y Toros», por aquella referencia sobre que los que gobiernan están siempre en Babia, léase cazando en las montañas de León. Aunque el pueblo, nos lo recordó Capmany, lo que canta es la Verbena de la Paloma o el chotis de Lara. Recordemos que desde Madrid sintió un gran español, Buenaventura Aribau, su «Oda a la Patria», en catalán, en 1832.

A José María Iparraguirre (1820-1881) se le dedica, en el centenario de su muerte, una lápida, en la madrileña red de San Luis, porque allí estrenó su «Guernikako Arbola». Era un combatiente carlista, defensor de los Fueros, que no quiso aceptar el abrazo de Vergara, y en forma bohemia emigra a Europa y América, cargado con su guitarra. Antonio Trueba lo vertió al castellano. Pero el himno oficial lo impuso un grupo político, el PNV, y es el de la melodía que empieza con la frase de «Eusko Abendaren Ereserkia», o «Gora ta gora», del que había sido símbolo. Tuvo el apoyo del CDS. Al publicarlo, el 21 de abril de 1983, se le añadió una larga exposición y motivos.

Otra región histórica, Galicia, 8 de mayo de 1984, eleva a himno la letra, del médico y bardo gallego, Eduardo Pondal, «Os Pinos», música de Pascual Veiga. Valencia acepta el inspirado «Himno de la Exposición» que se montara en la capital del Turia con motivo de la de 1909. Compuesta por el maestro Serrano, en Madrid, en la calle de la Beneficencia, número 2, donde vivía. Un tenor, Lamberto Alonso, inició, con voz firme y varonil, las primeras estrofas, ante el gran patricio Tomás Trénor, el jefe de Gobierno Antonio Maura y Alfonso XlI. En Mayo de 1925, se le declara Himno Regional y el poeta Maximiliano Thous le pone letra en lengua vernácula. Habla del trabajo de una región «para ofrendar nuevas glorias a España». Se prefirió al pasodoble que la hizo internacional…

Andalucía alza en enero del 83 la bandera, escudo e himnos establecidos por Blas Infante, y con arranque en la Asamblea de Ronda de 1910. Música de José Castillo y Díaz, alude a la bandera blanca y verde, y pide a los andaluces que se levanten pidiendo tierra y libertad; «sea por Andalucía libre, España y la Humanidad». El viejo principado astur prefiere el folklore, una melodía con inmensa acogida, «Asturias, patria querida» con doble versión en bable y castellano. Extremadura elabora un canto a la bandera tricolor (verde, blanca y negra), al árbol propio de sus dehesas y a sus viejas glorias guerreras; ley de 3 junio 1985. Murcia, exalta el sol (rey moro) y la huerta sultana…

Una ley de la Presidencia de la Comunidad madrileña del 23 de diciembre de 1983, establece su bandera, escudo e himno. De los diseños del escudo y la bandera hicieron una Memoria sus autores, el malogrado Santiago Amón y José M.ª Cruz Nouvillos, defendiendo el color carmesí (tan debatido en el siglo pasado) y el número de puntas de las estrellas, una por cada provincia limítrofe. Frente al d’orsiano «todo lo que no es tradición es plagio» alegan la frase de Malraux, «la tradición no se hereda, se conquista». Suponemos que quieren decir que en lugar de ser una entrega que recibimos es una entrega que tenemos que hacer. El ideal, nos parece, sería multiplicar lo recibido…

En cuanto al Himno se había pedido que fuera nuevo, ni meramente casticista, por la pluralidad y riqueza de origen de nuestro pueblo, ni tradicional, entendiendo como tal aquéllos que exaltan cualquier forma de exclusión o agresividad. Los artículos 6 y 7, y unos anexos, establecen las tres estrofas del poema, su partitura musical y la versión abreviada para usos reglamentarios. Un decreto de enero siguiente desarrolla el contenido de la ley.

Un demógrafo santanderino, y primer presidente de la Comunidad de Madrid, Joaquín Leguina, encarga el himno a un rapsoda zamorano, filólogo ácrata, Agustín García Calvo. La música es del celebrado maestro Pablo Sorozábal Serrano. Teniendo en cuenta la fuerza expresiva del poeta, su código oral aceptando oposiciones semánticas y las corrientes filosóficas de la época, tendría que estar uno iniciado en el «verbal behaviour» para analizar, pensamiento tras pensamiento, el conductismo o criptografía linguística de sus párrafos. Conformémonos con unas reflexiones prosaicas, sobre sus modelos de percepción de las características de lo madrileño comunitario, y de lo que, como vate que es, vaticina para una nación (¿?) futura. De lo que otras comunidades ya presumen ser.

En el canto podemos discutir la geografía física imaginada, pero sus habitantes son ya millones. Proceden de un amplio abanico de patrias chicas, y el período de vida en común aún es muy corto. Aunque el Tratado de Maastricht y los acuerdos del Parlamento europeo ya establecen que basta una permanencia de tres años en un lugar, como extranjero residente, para que tengan derecho a voto en las elecciones municipales. Ello sin caer en el «Ubi bene, ibi patria».

Con mayor motivo, todos los españoles que aquí conviven son madrileños, y es necesario darles un proyecto que sientan con orgullo. Se nos evidencia cierto confusionismo entre los tres madriles tópico, municipal y provincial. A nuestro juicio, en la primera estrofa se alude a una provincia central, que nunca ha existido con tal función política. En la segunda, la describe equivocadamente con sus fronteras y ríos. Alude en la tercera, a la Villa capital, olvidando que es de su secular carácter de corte, de donde arranca su especificidad. París hizo a Francia. Londres hizo a Inglaterra. Pero a Madrid lo ha hecho España. Y a la Comunidad, el alfoz de Madrid.

Dice la primera estrofa, cómo la provincia se convierte en Comunidad:

Yo estaba en el medio:
giraban las otras en corro,
y yo era el centro.
Ya el corro se rompe,
ya se hacen Estado los pueblos,
y aquí, de vacío girando,
sola me quedo.
Cada cual quiere ser cada una,
no voy a ser menos.
¡Madrid, uno, libre, redondo,
autónomo, entero!
Mire el sujeto
las vueltas que da el mundo
para estarse quieto.

En el arranque poético hay una confusión de parte y todo, de municipio y provincia. Porque en torno a la madrileña no giraban las otras, ya que también sus pueblos giraban en torno a la corte-capital, de la que era más dependientes. Imagina luego, a unos comparsas bailando al son de la música impuesta, en una serie de ruedas concéntricas, que no son precisamente la voluntaria sardana, reposada y grave. Aunque alguien tocará el caramillo.

A las provincias, que crea Javier de Burgos con sólo fuerza administrativa, Ortega, el de la «España invertebrada», quiso ponerlas de pie, darles personalidad. Como los municipios, también desustanciados, juntaron las manos en una cadena, que al fin se rompió. Con el tiempo nuevo se esfuman las fuerzas de la cohesión y quiere adquirir cada miembro el máximo vigor político. Resucitan los viejos reinos que por no ser soberanos no serán Estados, pese a que lo insinúe el poema. Luchan por las transferencias y el poder.

La imagen de España queda aquí subterránea y rota, como un icono gótico ante la llegada de los musulmanes. Pérdida de nombre y función del conjunto. Madrid-villa se aísla con su provincia y quiere seguir el ejemplo de las hermanas separadas. Pero como el poeta le hurta su función de servicio a la gran patria, anda perpleja sobre su identidad. ¿Castellano-manchega, zona central, distrito federal… ? Su gigantismo asusta a las Comunidades vecinas que no la quieren incluir en su seno y buscan formas propias, se resisten a encajar en su rueda dentada y montan los necesarios aparatos ortopédicos o andaderas. Al final de la estrofa resuenan unos gritos en los que se cambia el sexo a la comunidad, y de los que pueden encontrarse antecedentes no muy lejanos. ¿Por qué lo de entero y redondo? Tal vez alguno crea que no son las mejores definiciones. Y ¿qué significa la oración final? Un amigo me ha hecho notar que aflora en el autor la nostalgia de un bolero del pequeño pueblo zamorano de Algodre, que también alude a las vueltas que da el mundo. ¿Y lo de sujeto, que todo está inmóvil, que no hay Movimiento?

Vamos con la segunda estrofa y con los rasgos geográficos de la solución uniprovincial:

Yo tengo mi cuerpo,
un triángulo roto en el mapa
por ley o decreto,
entre Ávila y Guadalajara
Segovia y Toledo.
Provincia de toda provincia,
flor del desierto.
Somosierra me guarda del Norte y
Guadarrama con Gredos.
Jarama y Henares al Tajo
se llevan el resto.
Y a costa de esto,
yo soy el Ente Autónomo último,
el puro y sincero. ¡Viva mi dueño,
que sólo por ser algo,
soy madrileño!.

Tras aquellos gritos, que en otra época se hubieran, calificado de sorelianos, fascistas e irracionales, las fronteras físicas y atisbo de geopolítica. Una figura geométrica, elemental, de fácil diseño pero difícil de explicar históricamente, por falta de un pasado colectivo común. Y un olvido de una vecina: Cuenca. La tierra del crimen, en romance de ciegos, no consta. De la Sierra al Tajo, corren unos afluentes, pero aquí también desdeña al que lo motiva todo, al Manzanares, como tantos poetas cortesanos. Silencia al río exclusivo de la provincia, y capitalino. En el oasis mesetario surge el mayor oasis de población que ha fecundado otros palmerales. Se nos escapa lo del por qué «puro y sincero». Como si fuera exclusivo.

Su territorio provincial no tiene nada más que siglo y medio de historia. Hubo realengo, dependió de varios señoríos, de la Mitra y monasterios… Y tuvo pocas villas, una Universidad gloriosa y mucha Corte y Reales Sitios. En realidad esto último es lo que se enseña a los turistas que nos visitan. Decían los republicanos del 31 que España era la última república emancipada de la Corona opresora; ahora de la provincia se dirá que es la última librada del centralismo.

En vez del castizo ¡Viva Madrid que es mi pueblo! leemos un ¡Viva mi dueño!, que es un grito de esclavo. Como el «¡Vivan las cadenas!» de los serviles, o el «Viva Carlos tercero, mientras siga tirando dinero», con referencia al de Austria. La musa debió soplar otra cosa. Pues lo de «sólo por ser algo» tampoco aclara mucho. Decisión comunitaria tardía, ¿podrá construirse una conciencia? Porque para muchos Madrid se reduce a su barrio. Y para el inmigrante, en la primera generación al menos, su pueblo sigue siendo el de su nacimiento, al que gusta de volver cuando puede mostrar, a quienes se quedaron, su mayor prosperidad…

Y vamos con la tercera estrofa y última, la de la villa capitalicia:

Y en medio del medio
capital de la esencia y potencia
garajes, museos,
estadios, semáforos, bancos,
y vivan los muertos.
¡Madrid, Metrópoli ideal
del Dios del Progreso!
Lo que pasa por ahí, todo pasa
en mí, y por eso:
funcionarios en mí y proletarios
y números, almas y masas,
caen por su peso;
y yo soy todos y nadie,
político ensueño.
Y ése es mi anhelo,
que por algo se dice:
¡De Madrid, al cielo!

Alude García Calvo a la Villa como asiento del ser (no creo que huela perfumes al hablar de esencias) y suponemos que a la Corte o al Gobierno se refiere en la cita del poder. La verdad es que el kilómetro cero de las carreteras nacionales, donde estuvo Gobernación o Seguridad, es el asiento elegido para centro de la Comunidad. No nos parece acertado este traspaso en la Puerta del Sol, so pena que alguien, erudito tiene que ser, recordara algún episodio de las guerras de las Comunidades. Destaca caracteres comunes a toda gran urbe, con su tráfico, sus centros de ocio y almacenes de dinero. ¿A quien quiere resucitar con su clamor legionario de ¡Vivan los muertos!. Por el carácter alógeno de la población no se invoca a la terra patria, como hemos dicho, pero por ello, en los pueblos hongo, pocos habitantes tienen las raíces de sus árboles genealógicos en sus cementerios o sacramentales.

Garciacalvista es la frase de «sólo los muertos tienen una personalidad bien constituida y definida». En la provincia ha habido más héroes anónimos, funcionarios y proletarios, que de Cantar de Gesta. Y la Corte fue un teatro en el que los actores no tuvieron que disimular sus acentos pues es una Babel en la que todos se entienden.

La Comunidad ha elegido como fiesta propia la del Dos de Mayo considerando que los acontecimientos de 1808, comenzaron en El Escorial y Aranjuez y se extendieron desde Móstoles. Curiosamente los tres lugares citados estaban entonces fuera de nuestra provincia. En la división de 1809, la de Llorente, el Departamento 38 correspondía al Manzanares pues se siguió el modelo de cuenca fluvial francés. Esto nos afirma en el fracaso respecto al espacio madrileño que refleja el himno. La provincia desde 1833 se apoyaba en partidos judiciales porque se quiso romper con las comarcas históricas del Antiguo Régimen que recordaban señoríos y feudalismos. Algunos geógrafos buscaron sin éxito otra comarcalización.

«En Madrid no hay gente extraña, que es madre por excelencia, de la gran circunferencia, con que la corona España». Aún hoy ni sus majestades los Reyes, ni el Presidente del Gobierno, ni el de las Cortes, ni el de la Comunidad, ni el Alcalde de su mayor villa, ni el Cardenal, ni quien hizo el himno, ni quien lo critica son madrileños, sino de adopción. Albergue de cortesanos, covachuelistas y burócratas, lo es también ahora de obreros industriales, muchos con alta capacitación. Tristemente, siempre fueron altas las estadísticas de mendigos, pícaros y parados. Y bien recibidos los isidros.

Si hay masa amorfa también almas cultivadas. Una de ellas, y bien que se nota, la del poeta que se acuerda y termina con el remate de una copla «De Madrid al cielo, porque es notorio, que va al cielo, quien sale del purgatorio». El cielo para un latinista debe ser lo más alto y placentero. Esperemos que no sea un político ensueño «la ley de la capitalidad». Basta que se pongan de acuerdo los que ahora no lo están. Y a crear el Himno que contagie. En el caso de que no nos conformemos con alzar de rango al más popular «Hala Madrid».

Anales de Geografía de la Universidad Complutense (Vol. Extraordinario (2002)

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